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La carrera del cine boliviano rumbo... ¿al Oscar?

02.10.2007


En la semana anterior se decidió que la película Los Andes no Creen en Dios, de Antonio Eguino, representará a Bolivia en la carrera por los premios Goya (España) y Oscar (Estados Unidos). Como es tradición en el cotidiano boliviano, la elección no estuvo exenta de polémica, críticas y acusaciones.

Y es que los productores de Cocalero —documental dirigido por el ecuatoriano-brasileño Alejandro Landes y realizado con capital argentino— denunciaron que sólo fueron avisados de que no cumplían ciertos requisitos casi al final del plazo de inscripción, aun cuando habían presentado su documentación hace un buen tiempo. No voy a discutir si la cinta es o no boliviana (motivo alegado por los responsables para rechazar, en un principio, su postulación), aunque, de haberse hecho una mala jugada, como insinúan los realizadores del filme, no estaríamos más que confirmando nuestra mezquina conducta histórica.

En medio a la polémica, llamó la atención lo que dijo la realizadora Mela Márquez, directora de la Asociación de Cineastas de Bolivia (Asocine), entidad responsable del proceso de evaluación. “La idea es que la cinta que nos represente sea la de mejor calidad”, afirmó, al ser consultada antes de que se diera el veredicto final. ¡Qué interesante! Acaso, en otros años, ¿no era ésa también la idea? La frase, en todo caso, no sirve más que para pensar en su absurda obviedad, a menos que no sea tan inocente así y en ese caso habría qué pensar cuáles habrán sido los criterios en otras oportunidades.

Igual de cuestionable es que Asocine, aun sin tener personería jurídica, adquiriera a través de la Ley del Cine —sancionada en 1992— el derecho a contar con un representante en el Consejo Nacional del Cine (Conacine), organismo creado por esa misma normativa para regir la actividad en el país. Y actualmente es también Asocine que, curiosamente, tiene la responsabilidad de elegir las cintas que postulan a los premios internacionales. ¿Mencionó alguien la palabra rosca por ahí? Si no, ¿cómo se explica que otras instituciones que sí están registradas no tengan ni por si acaso la más mínima representatividad en La Paz, epicentro de las decisiones de este país?

Otra aberración es que el cuerpo directivo del Conacine tenga también un representante de los videoclubes. Sí, es espantoso; que el mundo sepa que en Bolivia los piratas tienen quien defienda sus derechos en el mismísimo órgano que regula la labor cinematográfica en el país. Aunque eso suena hasta lógico. ¿Qué se puede esperar de un Estado que acaba de registrar a los comerciantes de películas piratas, legitimando de esa forma su actividad delictiva? Nada más se sigue la tradición de varios gobiernos, que han legalizado en diversas oportunidades a los autos robados, bajo el mediocre pretexto de recaudar más a través de los impuestos, pasando por alto lo inmoral de la medida.

Sin dar más vueltas al tema, sólo resta esperar que Eguino no gaste mucho dinero para promocionar su filme, pues bien sabemos que las chances de que "Los Andes..." (de excelente factura técnica y fotografía, regístrese) logre una nominación al Oscar son remotas, por no decir inexistentes. Más ganará el director si utiliza el dinero para pagar las deudas que contrajo al realizar la cinta o guardarlo para futuros proyectos. Esto dicho sin ninguna maldad, puesto que aún estamos a la espera de la gran película boliviana, de ésa que mueva nuestras fibras más íntimas y que pueda ser aclamada sin patriotismos ni condescendencias. Y esto, además, sin desconsiderar que no hace falta que un trabajo sea nominado a un premio para avalar su calidad. Más aun si dicho premio elige a sus finalistas con base no sólo a criterios artísticos, sino también comerciales y estratégicos. Aspecto éste que, seguramente, no será el motivo de una nueva "no nominación" para el cine boliviano.

 

Autor: Sergio Patiño

ALDEA CULTURAL

 

El festival, una vez más

23.08.2007


Ya va un poco lejos el año en que Ariel Gamboa y Cecilia Antezana, mentores y organizadores del Festival Iberoamericano de Cine de Santa Cruz, realizaron por vez primera el certamen, con más ganas y buena disposición que recursos financieros y apoyo del Estado. En aquella ocasión la invitada especial fue la venezolana Ruddy Rodríguez, que derrochó simpatía y cautivó a la prensa que cubrió el acontecimiento.

Sin embargo, fue al año siguiente que se vivió la que tal vez fue la edición de mayor calidad de películas en exhibición. Asimismo, un número impresionante de estrellas del cine latinoamericano estuvo presente en la ciudad de los anillos; pero, pese al considerable aumento de público, no hubo el impacto mediático esperado. Y fue entonces que la organización se dio cuenta que, para efectos de promoción, de poco servía traer a tantos astros, pues los medios —especialmente los televisivos— (tenían) tienen (tendrán) un profundo desconocimiento del cine hecho en esta parte del mundo.

 

Y es que la falta de cultura de la mayoría de los periodistas es escandalosa. En todos los ámbitos, o en casi todos; peor en temas artístico-culturales. No existe sección cultural en TV; los "sabelotodo" que dizque cubren la actividad cultural en Santa Cruz están más pendientes del hijo de Desirée, del desnudo de Maricruz o de la vida sentimental de Shakira. Así las cosas, lo máximo que podrán conocer de cine latinoamericano será pues a Gael García Bernal ("ah, sí, he visto Amores Perros", dirán). Y ahí se acaba todo.

Obviamente hay excepciones. En la prensa escrita, quede claro. Escenas, el suplemento cultural del diario El Deber, siempre dedica al festival un generoso espacio en sus páginas (aunque no siempre la redacción de las notas esté a cargo de quien entienda del tema). Leyla Annas, en El Nuevo Día, compensa las evidentes limitaciones de su medio con mucha competencia, siguiendo de cerca incluso los repetidos intentos de terceros de apropiarse del festival y llevarlo a otro punto del país... para hacerlo, digamos así, más... nacional (¿?¡!).

 

Aprendida la lección del segundo festival, los organizadores buscaron a Gabriel García Márquez para el tercer festival, pero el colombiano no apareció. Y fue así que para el cuarto consiguieron traer a Raquel Welch, que irónicamente se transformó en la estrella más retumbante de la historia del festival, aun sin nunca haber actuado en una cinta latinoamericana. Demás está decir que su presencia logró con creces el impacto deseado por Ariel y compañía.

 

Pasaron los años y el festival fue madurando, pero el glamour de las primeras ediciones dio lugar a citas cada vez más austeras y ´Pidcas´ que repiten una y otra a vez a sus conferencistas. Si bien es cierto que la selección de películas continúa de altísimo nivel, un festival (como tal) es algo más que una muestra de largometrajes y, de alguna manera, habrá que encontrar los caminos para convertir el Iberoamericano de Cine en una verdadera fiesta que, además de inclusiva, llame la atención de los medios y provoque la búsqueda casi frenética por entradas que se registra en el público durante el Festival de Teatro.

 

Pese a ello, hoy empieza el noveno capítulo de este festival, con el homenaje a la joven actriz argentina Dolores Fonzi. A ella le tocará, en las pocas horas que estará en tierra cruceña, iluminar la primera jornada de esta cita, respondiendo —en lo posible— con una sonrisa a la sarta de preguntas idiotas que seguramente le harán periodistas que en su vida habrán oído hablar de ella.

 

La presencia de Fonzi recuerda mucho a la de su compatriota Leticia Brédice, que hace cuatro años también tuvo un paso fugaz por Santa Cruz, para fingir que no pasaba nada cuando el maestro de ceremonia la llamó de "Cecilia Brédice" y escuchar de una reportera preguntas superinteligentes sobre su vestuario y "lo bonito que estaban sus zapatos/¿dónde los compraste?".

 

Pero en fin... Decía que Brédice y Fonzi tienen su parecido. Además de porteñas, ambas son lindas, polémicas, fueron portada de Playboy y trabajaron con directores como Piñeyro y Bielinsky. Pero sobre todo son dos grandes actrices, talentosas y con un interesante camino recorrido y por recorrer también. Y, mientras sigan dejando su trabajo en la pantalla, tendremos qué ver y qué comentar.

 

Y así será, porque —aunque Unitel no tenga la menor idea— por acá ya estuvieron Fernando Birri, Miguel Littin, Jorge Fons, Mirtha Ibarra, Paul Leduc, Ruy Guerra, Marcelo Piñeyro, Tamara Acosta, Sergio Cabrera y una lista interminable de realizadores y actores. Lista ésta que seguirá creciendo. Que la luz se apague y la cinta empiece a correr. Bienvenido IX Festival Iberoamericano de Cine de Santa Cruz.

 

Autor: Sergio Patiño

ALDEA CULTURAL

 

Danuta Zarzyka y Daniel Aguirre encantaron al público cruceño

¿Quién dijo que la gente no paga para ver una obra?

30.06.2007


Hace poco más de un mes, cuando redacté un texto en el que realizaba una crítica sobre el VI Festival Internacional de Teatro Santa Cruz, afirmé que no existía la necesidad de que todas las funciones de obras bolivianas fueran gratuitas. En esa ocasión, aseguré que muchos grupos tenían suficiente convocatoria como para atraer a un público dispuesto a desembolsar sus buenos pesos para verlos.

Sin siquiera sospechar que no mucho tiempo después el Teatro de Los Andes regalaría a la ciudad de Santa Cruz una temporada con tres de sus obras, mencioné al elenco yotaleño como uno que seguramente no tendría problemas en llenar cualquier sala, incluso si para ello se cobraran entradas. Pues la compañía fundada en 1991 por César Brie acaba de cerrar una gira exitosa por la ciudad de los anillos, comprobando aquella tesis.

En total, fueron dieciséis funciones con muy buena respuesta del público, que no objetó pagar la suma de Bs 25 por cada una de ellas (un valor considerado alto para los parámetros locales, pero muy barato si comparado con lo que es cobrado en otros países). Normalmente, las obras de teatro en Santa Cruz de la Sierra tienen un precio máximo de Bs 20 —algo así como $us 2,5—; muchas que cobran Bs 10 (Bs 5 para estudiantes) no logran llenar ni la mitad de la sala. Y es que, al parecer, el problema no radica en el precio.

El público paga si sabe que el espectáculo vale la pena. Y él sabe muy bien que una obra del Teatro de Los Andes vale. Este grupo logra —como pocos en el país— crear un espacio mágico, transmitir una energía vibrante al público y tocar sus fibras más íntimas en cada una de sus maravillosas puestas en escena. La gente, agradecida, no puede más que aplaudirlos y esperar ansiosamente la próxima oportunidad de verlos.
 

Las razones para que el Teatro de Los Andes logre semejante impacto en el público son obvias. Son profesionales, y eso se nota. La diferencia para la mayoría de los grupos nacionales queda muy explícita cada vez que se presentan. Claro está, el problema no es de talento (o de la falta de este elemento). Quien conoce algo de los actores bolivianos, sabe de lo que son capaces y se imagina de lo que serían si éstos tuvieran los medios como para crecer y desarrollarse en su profesión.

El punto de giro para transformar esa realidad está destinado a ser obra de la Escuela Nacional de Teatro, que sin duda cambiará —si ya no lo está haciendo— la manera de cómo hacer teatro y concebir la profesión en el ámbito local. La institución hoy tiene casi un centenar de alumnos que luego serán profesionales y estarán en busca de trabajo. Ya no como actores de fin de semana, sino como actores a tiempo completo, de ésos que pueden firmar en su carné de identidad "profesión: actor". Ésa es la idea, fundamental para que el teatro finalmente despegue en Santa Cruz y deje de ser una actividad amateur o cuya convocatoria de público esté restringida a los festivales.

Sin embargo, hay que notar que la excelente labor de la escuela conlleva también una enorme responsabilidad, que es la de ubicar a toda esa gente en el mercado de trabajo. Como sospecho que esa responsabilidad no será asumida por las autoridades gubernamentales de este país (sean nacionales, departamentales o municipales), supongo que será la misma clase artística —como suele suceder en casi todas partes— la que tendrá que rayar la cancha y hacerse espacio o, por último, y más concretamente, inventarse un mercado.

Público hay; no existe pueblo en el mundo cuya gente sea indiferente al teatro, que no se conmueva y se deje hipnotizar cuando está ante un gran actor sobre el escenario. Pero no se puede esperar que, ante la ausencia de infraestructura adecuada, promoción o aun de una buena obra, sea aquél el que se mueva para arriar el carro. Al público hay que buscarlo, atraerlo y formarlo. Ofreciendo algo bueno para mostrar, primero, y creando luego las condiciones para que ambos lados —público y artistas— puedan alimentarse mutuamente, algo que también es difícil de lograr en otras latitudes, pero que no por ello es menos realizable. ¿Por qué no aquí?

Autor: Sergio Patiño

ALDEA CULTURAL

 

Protesta por el cierre de RCTV

RCTV y la reflexión obligada

28.05.2007


Ahora que ya se consumó el cierre de la cadena RCTV y se ha comprobado que Venezuela vive bajo un régimen dictatorial —por si aún quedaban dudas—, nos resta no sólo condenar con vehemencia este funesto atentado contra la libertad de expresión sino además reflexionar sobre las condiciones para que algo tan insólito fuera posible en pleno siglo XXI.

 

Utiliza Chávez el argumento de que RCTV es un canal mentiroso (me imagino que el medio veraz es todo aquel que lo apoya, así como en Bolivia seguramente TVB es el modelo de lo que Evo considera un medio pluralista e independiente). Despotrica el venezolano en contra de los dueños del canal caraqueño, acusándolos de golpistas, olvidándose que también él ha sido uno en un pasado no tan distante —golpista fracasado, pero golpista al fin.

 

Confieso que en algún momento —hace ya algunos años— tuve cierta simpatía por Chávez. ¿Habrá sido por sus bravuconadas en contra del idiota de Bush o porque las personas involucradas con el arte casi siempre tenemos una fuerte inclinación hacia la izquierda? Tal vez por los dos motivos; probablemente a muchos les pasó lo mismo. Sea como fuere, esa simpatía internacional ha sido menor de la que hoy goza nuestro exótico Evo Morales, que gran parte de los europeos adora, menos por sus ideas que por su forma de hablar y sus pintorescas vestimentas y costumbres.

 

Desde afuera, izquierdistas de todo el mundo deben ver a Evo como la respuesta al imperialismo y a la globalización. Pero los que vivimos la realidad de su (des)gobierno sabemos que su desprecio por la democracia y su obsesión por implementar un régimen totalitario y que le permita enquistarse en el poder no nos llevará a ninguna parte (a la que valga la pena ir). Y no importa si el gobierno (o la dictadura) es de derecha o izquierda. Esto, dicho en el supuesto de que haya alguna diferencia entre las dos, puesto que ambas persiguen lo mismo: cuando no son parte del poder, lo buscan desesperadamente y, cuando lo tienen, procuran los medios de perpetuarse en él.

 

Ahora bien. El tema no es el poder político sino el poder de la prensa. Sí, porque no se debe dudar ni un solo segundo del poder que tienen los medios en la formación y construcción de las sociedades

—poder que al mismo tiempo conlleva una enorme responsabilidad—. Infelizmente, se debe reconocer que en muchos casos la libertad de prensa es realmente un libertinaje y que la Ley de Imprenta no sirve más que para dar poderes casi ilimitados a los periodistas. Por lo menos, muchos de éstos así lo creen. Nada como el poder otorgado por un rígido y bien puesto micrófono, ¿verdad?

 

En México tenemos a dos canales sin respeto alguno a la ética (uno de ellos es conocido por haber siempre estado muy cercano al PRI y colaborado para que ese partido permaneciera por siete décadas usufructuando del poder). En Perú tuvimos un ejemplo relativamente reciente, con América, canal de televisión que realizó una campaña casi abierta a favor de Alberto Fujimori, al mismo tiempo en que difamaba a su contrincante Alejandro Toledo. Más tarde, se destapó el escándalo de los vladivideos y la constatación de lo que todos sabían: América era un canal vendido al oficialismo.

 

En Brasil, es conocido el poder que tiene la red Globo, el más visto e influyente medio de comunicación de ese país, capaz de haber prácticamente puesto en el poder a un presidente (Fernando Collor de Melo, de triste memoria para los brasileños) y evitado la victoria de Lula da Silva en los comicios de 1989. La misma red Globo hizo una campaña descarada para intentar poner a Geraldo Alckmin en la Presidencia el año pasado. Su feroz arremetida se dio al lado de otros gigantes, como la revista Veja, el diario Folha de São Paulo y el canal de TV Record (esta última patrocinada con el diezmo que millones de brasileños dan a la Iglesia Universal del Reino de Dios). De esta vez, sin embargo, la guerra desatada no dio resultados y Lula pudo reelegirse, en una muestra de que los medios, por más poderosos que sean, no siempre ganan.

 

En Bolivia, tenemos —más específicamente en Santa Cruz de la Sierra— dos canales de televisión cuyo único objetivo es lucrar, aun cuando para obtener dicho fin deban romper todas las reglas de ética y respeto a la dignidad humana. "Es lo que el público pide", aseguran. Argumento mediocre pero que encuentra respaldo en los buenos índices de audiencia y, por consiguiente, en generosas partes de la torta publicitaria. No importa si es el idiota de lentes con sus encuestas de televoto o el carnicero que funge como jefe de prensa de un canal que la mayoría ve, pese a representar lo más ordinario, despreciable y bochornoso del "periodismo", así entre comillas, porque eso puede ser cualquier cosa, menos lo que yo entiendo como periodismo —el de verdad.

 

Ante tanta falta de profesionalismo, dignidad y moral, no es raro que se quiera acallar a la prensa so pretexto de regular sus contenidos (la palabra censura suele ser evitada porque remite a los tiempos de las dictaduras militares). Que el bajo nivel de gran parte de la prensa en nuestros países deba ser motivo para más de una reflexión es algo difícil de negar, pero que nadie se equivoque: las verdaderas razones nunca son las correctas y la defensa de la calidad de los contenidos no es más que un eufemismo para disimular el claro intento de callar voces contrarias y apropiarse de la verdad. Ése ha sido, desde siempre, el sueño de muchísimos gobiernos. La diferencia es que Chávez amenazó, luego prometió y ahora cumplió.

 

Está claro que no queremos medios tan malos e irresponsables (que no son todos) como los que tenemos, pero más claro aun es que no queremos que nos digan qué debemos o no debemos ver, y que falsos profetas, por más investidura que tengan, hagan lo que les dé la gana, sin respetar el derecho a voz de los que no están de acuerdo con ellos, pues nada puede ser más detestable que un gobierno que busca que todos piensen igual a él.

 

Así las cosas, que lo ocurrido en Venezuela sirva para la reflexión aguda y desapasionada. En Bolivia, por el delicado momento en que vivimos, eso es algo fundamental, aunque lo más probable es que mucha gente siga practicando el viejo y consabido onanismo nacional cada vez que nuestro presidente le quite la visa a los gringos, le gane la pulseada a Petrobras o lance improperios contra los imperialistas y las transnacionales. Yo no tomo Coca-Cola ni me gusta el McDonald´s, pero otra cosa es gobernar un país... Es cierto, de desubicados e irresponsables está lleno el mundo. Pero lo grave es que nos están gobernando.

Autor: Sergio Patiño

ALDEA CULTURAL

 

La Casa de Bernarda AlbaVientre Mineral

VI Festival Internacional de Teatro Santa Cruz

10.05.2007


Aunque ya la fiesta del teatro quedó atrás y este post pueda parecer muy fuera de hora, me parece interesante hacer algunas consideraciones, a manera de destacar los aciertos pero también las falencias del festival organizado por la Asociación Pro Arte y Cultura (APAC), que este año convocó a 50.000 cruceños de la capital y provincias para ver casi medio centenar de obras en más de 100 funciones.

Lo bueno


Afluencia de público. Ávida por disfrutar de las obras —y consciente de que el festival se realiza sólo de dos en dos años— la gente enfrentó filas enormes fuera del Museo de Arte (lugar donde se repartían las entradas) para conseguir un boleto. Muchos de los que no lograban adquirir su entrada todavía se animaban a hacer fila en la puerta del teatro, en la esperanza —a veces correspondida y en otras no— de ingresar en el lugar de los que, pese a tener entradas, no asistían (una irresponsabilidad que es frecuente desde el festival anterior).

 

Educación. El público cruceño parece cada vez más educado y apto para ver obras de teatro. Y aunque algunos todavía insistan en mantener su celular encendido, quiero creer que son cada vez menos. Por otra parte, tenemos a una audiencia más madura, capaz de acompañar obras más complejas, como ocurrió en el caso de "Crudo" (de Kíkinteatro). Aunque un periódico local publicó que "el desnudo en la obra causó revuelo", yo puedo afirmar que si hubo algún revuelo, éste sólo ocurrió en la mente del periodista, puesto que el público fue muy respetuoso y guardó silencio en todo momento (sí, de esta vez no se escuchó ni una sola manifestación de susto o vergüenza entre los espectadores, como en más de una ocasión ocurrió en años anteriores). Con todo esto, APAC cumple con su objetivo de ir formando un público. El festival empieza a dar sus frutos.

 

Participación de las provincias. Sin duda, un acierto de los organizadores. Pese a la evidente falta de escenarios adecuados, el público, en la gran mayoría de los casos, respondió y disfrutó de las obras presentadas. Los artistas supieron darle la vuelta a las limitaciones y brindaron su talento a los espectadores que se hicieron presentes.

 

Artistas: Amables, accesibles y siempre dispuestos a compartir con la gente y a ofrecer funciones que no estaban programadas. Muchos —como Nanny Cogorno y Maku Jarrak— derrocharon simpatía y se metieron al público en el bolsillo.

 

Obras: No es cosa de todos los días tener a obras de tanta calidad como "Otra Vez Marcelo", "The Works" o "El Método Grönholm". Otro puntazo para el festival, que logró traer a artistas de renombre internacional y proporcionar al público espectáculos de primer nivel.

 

Lo malo

Falta de información precisa. En más de una ocasión, sucedió que yo (un simple espectador) tenía datos más actualizados que la gente encargada de informaciones. En una ocasión, informé a la persona que me atendió de que esa noche habría una función extra de una determinada obra —ella no lo sabía—. Sin duda, un punto para tomar en cuenta para otras ediciones (aunque se debe reconocer también la amabilidad y disposición de atender de los encargados).

Disponibilidad de entradas. No hubo una cantidad de entradas suficiente, especialmente para las obras gratuitas. Esto podría dar espacio a pensar que "entonces estuvo bien, eso significa que el público respondió"; pero ese razonamiento no es del todo correcto. El problema es que, al parecer, la mitad (casi eso o más que eso) se queda en manos de gente allegada al festival, de tal manera que restan pocas para la distribución al público en general —aquel que no organiza el encuentro ni guarda relación alguna con los organizadores—. Mucha gente se quedó sin entrada, aun haciendo filas desde tempranas horas.

En mi caso, saqué un día libre en mi trabajo el miércoles 25, con el único intuito de ver al Teatro de Los Andes (y su aclamada obra "Otra vez Marcelo"). Llegué a las 8:15 a retirar mi entrada en el Museo de Arte. A esa altura, ya se había formado una cola larguísima. Eran las 9:00 cuando las puertas del museo se abrieron y es que una funcionaria, para sorpresa de la mayoría de los que allí se encontraban, preguntó quiénes tenían ticket. Ante el asombro, informó que los tickets se habían repartido a las 7:00 y que a los dueños de los mismos se entregarían las entradas disponibles para ese día. El malestar fue evidente, porque no había ningún aviso —ni en el museo ni mediante la prensa— que hablara de tickets. Además, ¿para qué repartir tickets y luego entregar entradas? A los que no teníamos tickets ni bola de cristal para adivinar que éstos se habían repartido antes, no nos quedó otra que irnos con las manos vacías, luego de haber permanecido inútilmente en la fila.

Entre curioso y molesto, decidí buscar algún aviso sobre los tickets. Sólo encontré un papel pegado en la pared externa del museo que indicaba que para el día siguiente habría 250 entradas; adentro había otro papel que señalaba que se repartirían 300 (¿cuál sería el correcto?). En todo caso, ninguna mención a los tickets. También adentro, dos personas de procedencia extranjera se quejaban porque era el segundo día que hacían fila en vano. Intentarían de nuevo al día siguiente. Yo no, porque trabajaría ese jueves; así que me quedé con las ganas de ver al Teatro de Los Andes.

 

Cuando, más tarde, llamé a la oficina de APAC para preguntar sobre la función del día siguiente, me indicaron que hiciera fila a partir de las 9:00. En ningún momento hicieron referencia alguna a los tickets. Una vez más, faltó información.

 

La Noche de los ExtraviadosArgentinos. El festival tuvo fuerte presencia argentina. En la foto, los actores de Labauce Teatro, que fueron los encargados de cerrar la sexta edición del festival, con la obra "La Noche de los Extraviados", de Jazmín Sequeira. Aparte de los cordobeses, estuvieron presentes los elencos de Timbre 4, Los Macocos, Nanny Cogorno, El Nudo, Circo Vachi y Kompel  & Blutrach.


Como conclusión...

 

La principal recomendación que haría sería aumentar la opción al público, programando obras con entrada gratuita y pagada al mismo tiempo. Todos saben que grupos como Kíkinteatro, Mondacca Teatro y, muy especialmente, el Teatro de los Andes tienen una convocatoria que permitiría tranquilamente programar al menos una función pagada con éxito asegurado. Puedo asegurar que una obra del Teatro de los Andes es capaz de llenar cualquier teatro de esta ciudad con o sin cobro de entradas. No se trata de "elitizar" el festival, sino de dar opciones a la gente que está dispuesta a pagar (hay muchísima) por ver determinadas obras, sin dejar de brindar funciones gratuitas.

 

Con todo, puedo decir sin miedo a equivocarme que éste ha sido uno de los más interesantes festivales ya realizados (ya van seis ediciones). El festival está más maduro y, si hubo errores, se debe más a la falta de recursos humanos, logísticos y sobre todo financieros. Habría que lograr que la Prefectura de Santa Cruz —demostrando que realmente representa la modernidad y la productividad en el país (¿será cierto?)— "le ponga coto" al festival y garantice su realización y crecimiento. Y por cierto: ¿Será mucha ilusión pedir que la cita sea anual? Es que abril de 2009 está tan lejos... En fin, conjeturas...

 

La gente de APAC merece un aplauso. De no ser por ellos, no viviríamos esos once días mágicos cada dos años.

Autor: Sergio Patiño

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