
La actriz protagonizó películas a los dos lados del océano l Fotograma: La Novia de Lázaro
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El cine cubano siempre ha sido pródigo en presentar a grandes actores para la pantalla. A fines de los 90, fue el turno de que Fernando Pérez revelara el talento de Claudia Rojas, en La Vida es Silbar, como la bailarina ninfómana que prometió a Dios no acostarse con ningún hombre si conseguía el papel principal en un espectáculo de ballet.
Más de una década se pasó del debut cinematográfico que le rindió a la actriz un Coral en el Festival de La Habana. En ese tiempo, su carrera ha transitado por el teatro, la televisión y, por supuesto, el trabajo para la gran pantalla, que la llevó incluso a migrar a España, país donde vivió durante años.
En la península, protagonizó dos cintas clave en su carrera. En la primera, La Novia de Lázaro, se zambulló en un relato crudo y desesperado, para el cual se entregó de cuerpo y alma. En 90 Millas, retrató el drama de miles de compatriotas que arriesgan la vida al intentar escapar a Miami en pequeñas embarcaciones lanzadas al mar.
Asentada actualmente en La Habana, donde desarrolla diversos proyectos artísticos, la actriz charló con ALDEA CULTURAL para hacer un repaso por su carrera y hablar de sus experiencias a los dos lados del océano, de la belleza y magia existentes en su Caribe natal y de otras facetas menos conocidas, como la de escritora y guionista.

Entrevista
Claudia Rojas l Actriz y escritora cubana
“Son pocos en esta ciudad los que tratan de ocultar sus emociones, aquí se llora, se ríe, se goza”.
“La novia de Lázaro soy yo. Actué naturalmente, era lo que me estaba pasando. Era una inmigrante en Madrid sobreviviendo”.
“90 Millas es uno de los conflictos más importantes de la sociedad cubana. Me hubiera gustado hacerla en Cuba y no en Tenerife”.
ALDEA CULTURAL (AC). Tu debut en un largometraje ocurrió con La Vida es Silbar, una de las películas cubanas más importantes de los 90 y por la cual incluso fuiste premiada. ¿Qué recuerdo guardas del rodaje de esa cinta?
CLAUDIA ROJAS (CR). Los ojos de Fernando Pérez. Hubo un ejercicio importante en el casting; Fernando puso dos sillas, una frente a otra, nos sentamos y me dijo que yo tradujera con mis emociones lo que expresaba su mirada. No imaginas, Sergio, todo lo que encontré en el alma de Fernando Pérez. Actualmente doy talleres de actuación para cine, este es uno de los ejercicios que me permiten conocer al actor y que le permite al actor conocerme. Soy una persona muy afortunada que ha tenido grandes maestros.

La Vida es Silbar
AC. Cuéntame sobre tu infancia y tus primeros deseos de ser actriz. ¿Cuándo y cómo fue que decidiste que te dedicarías a la actuación?
CR. A los cinco años me paré delante de L y 19, la escuela cubana de ballet, creada por la magnífica Alicia Alonso, con mi mamá al lado y le dije: ‘Mamá, bailarina o barrendera’. A partir de ese momento toda mi vida ha girado en torno al arte. Mi maestro René Pereyra fue la primera persona que me dijo: ‘La cámara la quiere’. Empecé en su escuela el año 94, me encontraba viviendo en el Distrito Federal, en México. El primer mes fue terrible porque el método de Lee Strasberg está basado en el autoconocimiento a través de la relajación, que puede ser hasta de cuatro horas, pasando por todo el cuerpo. Me encontré con todos mis fantasmas, con mis debilidades, alegrías. Es complicado domarse uno mismo para lograr que esas emociones salgan a través de un personaje. Cada día me convenzo de que el camino que he escogido para expresarme es hermoso. Los actores somos, como me dijo una vez (el director) Fernando Merinero, el alma de la película, y qué rico es ser alma en este mundo.
AC. ¿Cómo es ser actor en Cuba? ¿Es más fácil, más complicado o tan difícil cuanto en otros países?
CR. Cada lugar tiene sus características y uno, en cada lugar, está de un modo diferente. En el Distrito Federal, que fue donde empecé, hay un sistema muy bueno porque existen muchas casas de casting donde aceptan a todos los actores y sus fotos, los ubican según la edad en archivos. Cuando hay un casting de una mujer de 20 a 30 años avisan a todas las mujeres que tienen en el archivo. Los castings son multitudinarios, 300 actores, pero abren la posibilidad de encontrar trabajo y además son un entrenamiento impresionante porque en muchos de los castings te dan un texto, que tienes que aprenderte en lo que haces la cola, para decirlo frente a cámara, con cuatro emociones diferentes. Yo tuve la suerte de encontrar a Claudia Becker y a Rogelio Rojas, directores de casting, que, casi, me adoptaron, ellos me entrenaron para hacer casting. En España es más complicado porque las casas de casting, que no son muchas, te piden, si quieres que ellos te llamen, las fotos que ellos mismos hacen, cobran desde 40 euros a 70, y puede, como me pasó con varias de estas casas, que nunca te llamen. A Cuba regresé hace cinco años, que yo sepa hay dos o tres casas de casting que yo no frecuento mucho. Ser actor, desde mi punto de vista, es como ser pintor, músico. Es inevitable. Yo hago trabajos

La Vida es Silbar
independientes, hace muchos años, La Novia de Lázaro es prueba de esto. Aquí en Cuba ya he hecho un documental como realizadora con dos amigas, una productora, Tatiana Canro, y la otra, fotógrafa, Liliete Reyes. Tengo ocho monólogos hechos en video con diferentes artistas jóvenes que tienen su cámara, lo editamos nosotros. Es maravilloso porque este Caribe es creación, es sol, es alegría, tristeza. Aquí las emociones andan por las calles danzando con el mar. Ser actriz en Cuba, siendo cubana, me abre la posibilidad de representar a un pueblo entero, hermoso, seres humanos que aún no están viciados de capitalismo.
AC. Cuba es un país que ha sufrido mucho por cuestiones que todos conocemos, pero al mismo tiempo se nota en sus películas una magia, una enorme capacidad para mostrar a personajes carismáticos y una gran pasión por la vida, pese a los problemas. ¿A qué le atribuyes esa característica tan marcada del cine cubano?
CR. Imagínate, Sergio, que en la mañana, cuando me levanto, mi cuerpo está a temperatura ambiente, el aire es limpio, lleno de mar. Cuando me encuentro con alguien fuera de mi edificio, me saluda y yo lo saludo. En la calle los hombres dicen todo tipo de halagos, desde el más feo o hermoso, hasta el más extraño. En las colas se hacen amigos. Siempre está el verde de las plantas, el rojo, rosado, amarillo, blanco de las flores. Cuando voy al mercado a comprar frutas y verduras me embarro de tierra las manos en plena Ciudad de La Habana. Los niños andan jugando, a partir de las cinco de la tarde, en las calles. Los cubanos, hombres y mujeres, cuando miran te penetran los ojos, y si en ese momento les da por sonreírte, te quedas prendado. Son pocos en esta ciudad los que tratan de ocultar sus emociones, aquí se llora, se ríe, se goza. La desnudez de esta isla es inmensa, con muchos matices, esencial para la creación de los artistas. De qué otra manera podría reflejarse esta isla si no es como en Memorias del Subdesarrollo, Muerte de un Burócrata, Fresa y Chocolate, Se Permuta, Lucía, Clandestinos, La Vida es Silbar o Suite Habana. No se le puede pedir peras al olmo, pero al peral sí.

90 Millas
AC. Otra película en la que actuaste fue 90 Millas, que transcurre casi íntegramente sobre una embarcación en el mar. ¿Cómo han hecho para rodar una cinta así y cuáles han sido sus mayores dificultades en el proceso?
CR. 90 Millas es uno de los conflictos más importantes de la sociedad cubana. Estudié ese personaje enfocándome en la madre tierra. Fue muy difícil. Es una producción española, equipo técnico español, que no sentía la importancia de hacer una película con este tema. Me hubiera gustado hacerla en Cuba y no en Tenerife. Lo mejor de todo fue que compartí con actores estelares como Enrique Molina, Daisy Granados, Alexis Valdés, Miliki (Emilio Aragón), Jorge Herrera, actores que llegaban al primer día de ensayo con texto aprendido, dispuestos a darlo todo. Nos pasábamos, a veces, hasta cuatro horas dentro de la balsa, en el medio del mar, en lo que cuadraban el próximo plano, haciendo cuentos impresionantes, cantando. Yo fui con mi hija porque no tenía quién la cuidara y Daisy fue con el ya fallecido Pastor Vega, él me cuidó a la niña en muchas ocasiones, salían a pasear, Camila llegaba eufórica por los cuentos de ese grande de nuestro cine cubano, feliz de la mano de Pastor. Hay una anécdota terrible; los primeros 10 días rodamos de noche, una de estas noches me tocaba la parte en que voy de un lado a otro de la balsa con la bebé en los brazos, que es cuando se pelean Jorge y Alexis, el director me dice que coja a la bebé, pero estábamos en la orilla, las olas le daban a la balsa con mucha fuerza y yo tenía que ir hacia el lado de la balsa donde las olas rompían, y le dije al director que yo no me hacía responsable de la vida de la niña, que prefería hacerlo con la muñeca, así que a regañadientes me quitaron a la niña de los brazos y me dieron el muñeco, ay, Sergio, el director dijo ‘acción’, empezó la pelea, yo me fui para atrás, una ola golpeó la balsa y me caí, con mi muñequita de plástico, al mar. La mamá de la bebé se quedó de piedra, prácticamente.
AC. En España, protagonizaste La Novia de Lázaro, una película compleja y bastante visceral. ¿Cómo asumiste ese desafío y cómo te preparaste para un papel que requería tanta entrega física y emocional?
CR. La novia de Lázaro soy yo. Actué naturalmente. Era lo que me estaba pasando. Era una inmigrante en Madrid sobreviviendo cuando me encontré a un magnífico hombre y director, con el que me fui a vivir, como dos o tres meses, para lograr hacer esta película. Soy muy afortunada. Fernando (Merinero, director de la cinta) es un gran fotógrafo que se mete dentro del actor con su cámara, es un director amable, amoroso y paciente. La primera escena que se filmó fue cuando voy a casa del padre de las dos niñas, que en la realidad son las sobrinas de Fernando Merinero, y aquel es el hermano de Fernando. En ese momento no había novia de Lázaro, aún. Filmábamos improvisaciones y en dependencia de lo que pasaba se planificaba lo que seguía. Teníamos pautas que queríamos seguir, como por ejemplo la historia de la cárcel, que es idea de Fernando. Hubo un momento en que mi personaje necesitaba relajar y nos ayudó Ramón Merlo, que es un excelente amigo de los dos y un maravilloso actor de comedia. A partir de La Novia de Lázaro mi concepción cinematográfica cambió. Como te dije antes, he tenido grandes maestros.

La Novia de Lázaro
AC. Dejaremos un poco de lado el tema de la actuación en el cine. Háblame de tu experiencia sobre las tablas. Sé que actuaste bastante en México, también en Cuba. ¿Qué personajes recuerdas con más cariño?
CR. En el foro Actores del Método, en México, nuestro maestro nos permitía hacer funciones a público todos los jueves. El primer desnudo que hice fue terrible. En Ojos de Perro Azul, de Gabriel García Márquez, le hablaba de amor al otro personaje, desnuda, y el director quería, además, que expresase con movimientos el amor mismo del que yo estaba hablando… ayyyy… Era una veladora alta, como a mi cadera, se suponía que era solo la veladora; y el director, sin decirme, mandó a prender un cenital que cada noche era más intenso, hasta que terminé por liberarme y aceptar mi desnudez. En Cuba hice Réquiem por Yarini, dirigida por Gerardo Fulleda León, mi compañero era Felito Lahera. El personaje era la Santiaguera, la prostituta por la que matan a Yarini, la obra es de Carlos Felipe. Fue una experiencia mágica, celestial, un reencuentro con La Habana y la armonía que me habita.
AC. Tienes también otra faceta, la de escritora y guionista. Cuéntame más acerca de tu interés en narrar historias; y aún sobre esa pregunta, ¿te atrae la idea de dirigir una película?
CR. Empecé a escribir porque hablaba sola y un día me dije ‘Voy a escribir esto’. Gran descubrimiento. A partir de ahí escribía mis cinco y ocho horitas y hasta más, como obsesionada. Escribía todo lo que me acontecía, desde una mujer en huelga perenne en Madrid hasta lo que me provocaba el sonido del bastón de un ciego. Todo eran historias que contar, adolescentes en el autobús, un hueco en la pared de mi cuarto que daba a la casa de los vecinos, un anillo que toca todo, un Juan Salvador Gaviota con drelos y sin cama. Leía en los bares y centros alternativos mis cuentos para ganar algún dinero. Me divertía mucho. Fue cuando estudié guión con el argentino Pedro Loeb, en el Conde Duque, centro cultural, maravilloso, que existe en Madrid. Luego conseguí un programa en Telemadrid que lo escribía yo, se llamaba “Yo Claudia” y era un monólogo a cámara con dos cuentos didácticos representados por máscara de papel maché, las hacía yo, hubiese preferido hacer los cuentos con actores pero no había presupuesto. Mi abuela materna, Gloria Parrado Cruz, era escritora e investigadora, inició la dramaturgia en Cuba, tiene varios libros de teatro publicados sobre la investigación teatral y obras de teatro escritas que se han puesto en los escenarios de Cuba y del mundo. Yo dormía con mi abuela, con sus libros, con su obsesión. Tenía un grupo de teatro de muchachos jóvenes, hacían teatro experimental, actuaban en solares y parques, para el pueblo entero. Mi madre, Aries Morales Parrado, es filóloga, poeta, directora de teatro, editora, en fin, estoy rodeada. Zapatero a tu zapato. Dirigir un largometraje sería el nirvana mismo.
AC. ¿En qué proyectos has estado involucrada actualmente y qué se viene para el futuro en el corto plazo?
CR. Acabo de terminar de editar el documental del que te hablé antes. Hace tres años que estoy escribiendo un guión, que acabo de terminar, estamos buscando entrar en preproducción, es un hermoso guión. Tengo un monólogo para teatro con poesía de Nicolás Guillén e imágenes de casi todos mis trabajos. Me encantaría presentar en festivales mi último monólogo filmado en video, que se llama Loca.